Al fresco de la noche extremeña
Un breve recordatorio a tres personas que ya no están, y que forman parte de una historia, de una familia, y un pueblo.
Un cuento de cada uno de ellos.
El abuelo Miguel, su vecino Aniceto y el tio Joaquín.
-¿Queréis que os cuente un cuento? Nos dijo Aniceto a la chiquillería allí reunida, sentados en el umbral de la puerta y en sillas de mimbre, a la luz de las estrellas de la noche apacible del verano, mostrando esa alegría de las personas que están a punto de contar un chiste gracioso, mientras los otros dos adultos, Miguel, el abuelo y vecino y Joaquín que pasaba por allí de recogida hacia su casa, sonreían complacientes observándole esa enormidad de cuerpo, esa gordura inmensa de carnes
- ¿A ver si vosotros lo sabías?.
De resultas que aquel tenía un burro que comía mucho, asina que se adecidió a enseñarle a que se estuviera el burro sin comer, y asín que lo hizo que después de irle quitando la comida al burro poco a poco,-un día le daba menos de comer, alde siguiente menos-, y asína menos y menos y asína que hizo que el burro no comiera, sabes a lo que me voy a referí, que aquello costole mucho trabajo, sudores y esfuerzos el conseguirlo, pero le enseñó al burro a que no comiera nada de nada, ni una mijina acaso, y así el hombre no tenía gastos en la comida del animal y ese mismo día de su triunfo y logro, el hombre dijo :
- Ahora que había el burro aprendido a no comer, con lo que me costo enseñarle, ahora va y se me muere, le puse incluso cebada, pa ver si no se moría, pero no quiso comer.
- Eso lo has sacado de un refrán, -Le replicó el mayor de la chiquillería que hacía torno en suyo- del que dice: Después del burro muerto, la cebada en el rabo.
- O este otro, había
- ¿Cómo sabes tú tantos cuentos, Aniceto? ¿Se los aprendes a otros cuando vas al casino ó te los inventas tú? .
- No, que va, son de la época de mi juventud que yo me acuerdo de ellos.
- Tu abuelo Miguel sabe también muchos cuentos, verás,- entonces tomó la palabra el abuelo - Y acaeció que tocó por esa década atrás, y esto no es cuento, que pasó de verdad en el pueblo y le acaeció a un medio pariente mío, que para ir a la mili o librarse, los mozos tenían que sacar una papeleta con un número y al que le tocase, creo recordar el número mas bajo, no, no, el número más alto, eso es, se libraba de hacer el Servicio.
Las madres de los mozos tenían por entonces a un santo al que rezaban, como ahora, que hay tantos santos, uno para cada cosa distinta que se le desee pidir, que sin San no sé como para tener novio, San Pascasio para encontrar trabajo, San no sé cuantos pa tener salud, que sé yo cuantos santos, pues bien, entonces había un santo, san no sé que, como veis yo estoy muy puesto en esto de los santos,ja,ja, pues a dicho santo, las madres de los mozos le pedían que a su hijo les tocase el numero más alto, pa librarse de ir al Servicio. Le decían misas, le rezaban novenas y le prometían multitud de cosas si se libraba el hijo.
Una de esas múltiples tradiciones de pueblo, comentaba, rezaba, que el mozo se libraría si se hacía con un hueso de muerto.
El cementerio no es como el de ahora, con sus paredes blancas y altas, sino que era como son las paredes que rodean nuestras tierras, eran paredes de piedra, pero de la altura de una persona. Asín que acaeció que Donato, que asín se llamaba el mozo, sin que nadie le pudiera ver, decidió ir el solo al cementerio en busca de un hueso de muerto, siempre, claro, aconsejado por la madre. Él siempre había tenido mieo, pero más aun le daba la mili, y ya ves, de noche y con una luna llena que ponía sombras en todas las cosas vivas y muertas, le hacía temblar el cuerpo sólo de pensar tener que entrar en el cementerio y coger un hueso de muerto, después de haber abierto alguna tumba. La idea de poder librarse, sin embargo, le arreaba.
Llegó hasta la tapia del cementerio, recordando aun las palabras de su madre que le habían incitado a ir hasta allí: -Con un solo hueso basta, hijo, ya lo verás, allí en el cementerio te será fácil conseguirlo, verás, a los muertos no le importará y a ti te traerá suerte, anda, vete, ya no te me tardes mucho.
Ocurrió que por ese día, un arriero acordó también de ir al cementerio esa noche a buscar leña, que por aquella época era muy escasa y estaba muy buscada y dentro del cementerio siempre había algún trozo de alguna parte, de alguna caja vieja, ó nueva ó de las ramas de las palmeras ó de los cipreses ó del montón de leña que el sepulturero solía poner bajo llave en una pequeña casilla a la que era fácil romper el cerrojo haciendo palanca con un hierro.
El arriero, que ya había entrado en el cementerio y se había hecho con el haz de leña, atándola con una soga, la tiró por encima de la tapia, en el preciso momento en que a todo esto que llegaba Donato, que se asustó al oír el ruido de la leña al caer fuera de la tapia del cementerio. Tuvo miedo y quiso salir corriendo, pero se detuvo..
El arriero, al oír los pasos fuera del cementerio, se asustó también un poco; no es que le tuviera miedo a los muertos, pero si de que le cogieran robando la leña, asina que los dos permanecieron en silencio, uno por fuera y el otro por dentro del cementerio, esperando a ver si oían algún ruido raro.
Donato empezó a ver almas en pena y a tener mucho, mucho, mucho mieo, pero no huyó y anteponiéndose con valor, y ya cansado de esperar al otro lado de la tapia de piedra sin que ningún otro ruido oyese, decidió pasar al interior del cementerio.
Puso la mano sobre la pared de la tapia para saltar dentro, a la vez que, el arriero, también fue a poner su mano en el mismo sitio para salir fuera, en aquel momento se oyó el sonido del cárabo desde una encina.
Cuando Donato sintió que una mano se apoyaba en la suya y la asía hacia abajo, contra la pared del muro, dio un grito tal que apagó el grito del cárabo y que aparte de despertar a los muertos del cementerio, como él decía, despertó al burro del arriero escondido tras la esquina que hace el cementerio.
Donato cayó al suelo y esperó unos segundo, con los oídos y los ojos más abiertos que platos,- podía haber sido alguna rama de un árbol o un gato lo que toco su mano- Pero enseguida oyó el ruido que hacían los zapatos del arriero corriendo dentro del cementerio, también asustado y fugitivo, sonando como a cañonazos en la noche, y luego para remate, el rebuzno del burro del arriero retumbando en la noche como mil bombas juntas.
Asina que imaginaros la situación, una mano que te coge la tuya, un escalofrío que te recorre el cuerpo, el cementerio, de noche, con miedo ya predispuesto que llegó a la tapia, unos pasos corriendo dentro del cementerio, el grito del cárabo, y el rebuzno del burro que a Donato le sonó al lamento de todas las almas enterradas en las tumbas, protestando y defendiéndose contra los ladrones, contra él.
Donato se levantó como alma que llevaba el diablo, vaga es la cita, y echó a correr tan deprisa como le permitían sus piernas, la carretera del cementerio arriba, cayendo al suelo de no poder controlarse y esperando que una mano sin carne se apoyase en su hombro.
¡Donato no corrió ni pasó tanto miedo en toda su vida!
-¿Y que le pasó luego con lo del sorteo de los números?
- Pues lo que había de pasar, en el sorteo le tocó, creo recordar que el numero siete, un número bajo, mala suerte, la madre estaba que echaba leches, maldecía a todos los santos y echaba pestes de ellos, no dejó a un santo sin cabeza, bueno, a títere sin cabeza que es lo mismo.
-Claro, a ver, como no cogió el hueso del muerto.
-¡Pues a mi- dijo Joaquín, que descansaba allí un rato de avenida de recogida de las ovejas en el campo- el cementerio no me impone, tú me entiendes, pero no me gusta andar con los muertos, pues ocurriendo que una noche yendo uno del pueblo de venidas pa acá con el mulo, era una noche con poca luna, pero algo se via, aquel hombre vio venir, cerca del cementerio, a un bulto tras d´el, empezó a asustarse, pero enseguida se le olvidó. Cuando dio a traspasar la puerta del cementerio, por respeto a los muertos, se quitó la boina que llevaba puesta, y como quien no quiere la cosa, giró hacia atrás la cabeza y aquel bulto seguía detrás d´el, -sin acercarse mucho-, pero allí estaba.
Pateó al mulo para ir más deprisa y aluego se volvió a mirar pa tras, aun estaba allí. Entonces fue cuando le entro el mieo de verdad en el cuerpo y arreó a su mulo. Por más que corría el mulo, más corría el bulto tras él. Llegó hasta las primeras casas del pueblo y el bulto que seguía moviéndose detrás del, atravesó dos calles hasta llegar a su casa, y el bulto detrás. Se bajó lo mas aprisa que sus piernas le dejaban, abrió la puerta de la casa lo mas aprisa que pudo. A los ruidos que armó, se levantó la mujer, que estaba dormida, porque era de noche cerrada y le preguntó: - ¿Que pasa aquí, marido?
El hombre entró a su mulo por la puerta de la cuadra lo rápido que pudo y al mirar a la calle vio al bulto que se dirigía hacia su casa.
- Mujer, trae el hacha, aprisa, -dijo el hombre al ver a la mujer levantada-, como la mujer esto le extrañó, pues no le hizo mucho caso, asín que el hombre, sin cerrar la puerta de la calle, se metió dentro de la casa en busca del hacha. Cuando la hubo cogido y volvió a la puerta, el bulto aquel entró en el zaguán y dio un grito.
- ¿Que era el bulto? Preguntó uno de la chiquillería- porque no irás a dicir que era algún muerto del cementerio, o algo asin, porque yo no creo en eso, dime , le dio un hachazo el hombre a aquel bulto que corría tras el?
-Deja que acabe, hombre, no, no era ningún muerto, que era una cosa viva y bien viva, y lo que dio el bulto al entrar en la casa no fue un grito, sino que fue un rebuzno, era nada mas que un burrito pequeño, un burranquino, que al ver pasar al hombre montado en el mulo cerca del cementerio, donde él estaba, creyó que era ese su madre y se fue corriendo tras él, por eso, cuanto más corría el mulo, con el arriero, más corría el burranco.
El hombre, después de darse cuenta de lo que era, estuvo a pique de darle un hachazo al burro por el susto y el cerote que le había hecho pasar desde la puerta del cementerio hasta su casa.
Un cuento de cada uno de ellos.
El abuelo Miguel, su vecino Aniceto y el tio Joaquín.
-¿Queréis que os cuente un cuento? Nos dijo Aniceto a la chiquillería allí reunida, sentados en el umbral de la puerta y en sillas de mimbre, a la luz de las estrellas de la noche apacible del verano, mostrando esa alegría de las personas que están a punto de contar un chiste gracioso, mientras los otros dos adultos, Miguel, el abuelo y vecino y Joaquín que pasaba por allí de recogida hacia su casa, sonreían complacientes observándole esa enormidad de cuerpo, esa gordura inmensa de carnes
- ¿A ver si vosotros lo sabías?.
De resultas que aquel tenía un burro que comía mucho, asina que se adecidió a enseñarle a que se estuviera el burro sin comer, y asín que lo hizo que después de irle quitando la comida al burro poco a poco,-un día le daba menos de comer, alde siguiente menos-, y asína menos y menos y asína que hizo que el burro no comiera, sabes a lo que me voy a referí, que aquello costole mucho trabajo, sudores y esfuerzos el conseguirlo, pero le enseñó al burro a que no comiera nada de nada, ni una mijina acaso, y así el hombre no tenía gastos en la comida del animal y ese mismo día de su triunfo y logro, el hombre dijo :
- Ahora que había el burro aprendido a no comer, con lo que me costo enseñarle, ahora va y se me muere, le puse incluso cebada, pa ver si no se moría, pero no quiso comer.
- Eso lo has sacado de un refrán, -Le replicó el mayor de la chiquillería que hacía torno en suyo- del que dice: Después del burro muerto, la cebada en el rabo.
- O este otro, había
- ¿Cómo sabes tú tantos cuentos, Aniceto? ¿Se los aprendes a otros cuando vas al casino ó te los inventas tú? .
- No, que va, son de la época de mi juventud que yo me acuerdo de ellos.
- Tu abuelo Miguel sabe también muchos cuentos, verás,- entonces tomó la palabra el abuelo - Y acaeció que tocó por esa década atrás, y esto no es cuento, que pasó de verdad en el pueblo y le acaeció a un medio pariente mío, que para ir a la mili o librarse, los mozos tenían que sacar una papeleta con un número y al que le tocase, creo recordar el número mas bajo, no, no, el número más alto, eso es, se libraba de hacer el Servicio.
Las madres de los mozos tenían por entonces a un santo al que rezaban, como ahora, que hay tantos santos, uno para cada cosa distinta que se le desee pidir, que sin San no sé como para tener novio, San Pascasio para encontrar trabajo, San no sé cuantos pa tener salud, que sé yo cuantos santos, pues bien, entonces había un santo, san no sé que, como veis yo estoy muy puesto en esto de los santos,ja,ja, pues a dicho santo, las madres de los mozos le pedían que a su hijo les tocase el numero más alto, pa librarse de ir al Servicio. Le decían misas, le rezaban novenas y le prometían multitud de cosas si se libraba el hijo.
Una de esas múltiples tradiciones de pueblo, comentaba, rezaba, que el mozo se libraría si se hacía con un hueso de muerto.
El cementerio no es como el de ahora, con sus paredes blancas y altas, sino que era como son las paredes que rodean nuestras tierras, eran paredes de piedra, pero de la altura de una persona. Asín que acaeció que Donato, que asín se llamaba el mozo, sin que nadie le pudiera ver, decidió ir el solo al cementerio en busca de un hueso de muerto, siempre, claro, aconsejado por la madre. Él siempre había tenido mieo, pero más aun le daba la mili, y ya ves, de noche y con una luna llena que ponía sombras en todas las cosas vivas y muertas, le hacía temblar el cuerpo sólo de pensar tener que entrar en el cementerio y coger un hueso de muerto, después de haber abierto alguna tumba. La idea de poder librarse, sin embargo, le arreaba.
Llegó hasta la tapia del cementerio, recordando aun las palabras de su madre que le habían incitado a ir hasta allí: -Con un solo hueso basta, hijo, ya lo verás, allí en el cementerio te será fácil conseguirlo, verás, a los muertos no le importará y a ti te traerá suerte, anda, vete, ya no te me tardes mucho.
Ocurrió que por ese día, un arriero acordó también de ir al cementerio esa noche a buscar leña, que por aquella época era muy escasa y estaba muy buscada y dentro del cementerio siempre había algún trozo de alguna parte, de alguna caja vieja, ó nueva ó de las ramas de las palmeras ó de los cipreses ó del montón de leña que el sepulturero solía poner bajo llave en una pequeña casilla a la que era fácil romper el cerrojo haciendo palanca con un hierro.
El arriero, que ya había entrado en el cementerio y se había hecho con el haz de leña, atándola con una soga, la tiró por encima de la tapia, en el preciso momento en que a todo esto que llegaba Donato, que se asustó al oír el ruido de la leña al caer fuera de la tapia del cementerio. Tuvo miedo y quiso salir corriendo, pero se detuvo..
El arriero, al oír los pasos fuera del cementerio, se asustó también un poco; no es que le tuviera miedo a los muertos, pero si de que le cogieran robando la leña, asina que los dos permanecieron en silencio, uno por fuera y el otro por dentro del cementerio, esperando a ver si oían algún ruido raro.
Donato empezó a ver almas en pena y a tener mucho, mucho, mucho mieo, pero no huyó y anteponiéndose con valor, y ya cansado de esperar al otro lado de la tapia de piedra sin que ningún otro ruido oyese, decidió pasar al interior del cementerio.
Puso la mano sobre la pared de la tapia para saltar dentro, a la vez que, el arriero, también fue a poner su mano en el mismo sitio para salir fuera, en aquel momento se oyó el sonido del cárabo desde una encina.
Cuando Donato sintió que una mano se apoyaba en la suya y la asía hacia abajo, contra la pared del muro, dio un grito tal que apagó el grito del cárabo y que aparte de despertar a los muertos del cementerio, como él decía, despertó al burro del arriero escondido tras la esquina que hace el cementerio.
Donato cayó al suelo y esperó unos segundo, con los oídos y los ojos más abiertos que platos,- podía haber sido alguna rama de un árbol o un gato lo que toco su mano- Pero enseguida oyó el ruido que hacían los zapatos del arriero corriendo dentro del cementerio, también asustado y fugitivo, sonando como a cañonazos en la noche, y luego para remate, el rebuzno del burro del arriero retumbando en la noche como mil bombas juntas.
Asina que imaginaros la situación, una mano que te coge la tuya, un escalofrío que te recorre el cuerpo, el cementerio, de noche, con miedo ya predispuesto que llegó a la tapia, unos pasos corriendo dentro del cementerio, el grito del cárabo, y el rebuzno del burro que a Donato le sonó al lamento de todas las almas enterradas en las tumbas, protestando y defendiéndose contra los ladrones, contra él.
Donato se levantó como alma que llevaba el diablo, vaga es la cita, y echó a correr tan deprisa como le permitían sus piernas, la carretera del cementerio arriba, cayendo al suelo de no poder controlarse y esperando que una mano sin carne se apoyase en su hombro.
¡Donato no corrió ni pasó tanto miedo en toda su vida!
-¿Y que le pasó luego con lo del sorteo de los números?
- Pues lo que había de pasar, en el sorteo le tocó, creo recordar que el numero siete, un número bajo, mala suerte, la madre estaba que echaba leches, maldecía a todos los santos y echaba pestes de ellos, no dejó a un santo sin cabeza, bueno, a títere sin cabeza que es lo mismo.
-Claro, a ver, como no cogió el hueso del muerto.
-¡Pues a mi- dijo Joaquín, que descansaba allí un rato de avenida de recogida de las ovejas en el campo- el cementerio no me impone, tú me entiendes, pero no me gusta andar con los muertos, pues ocurriendo que una noche yendo uno del pueblo de venidas pa acá con el mulo, era una noche con poca luna, pero algo se via, aquel hombre vio venir, cerca del cementerio, a un bulto tras d´el, empezó a asustarse, pero enseguida se le olvidó. Cuando dio a traspasar la puerta del cementerio, por respeto a los muertos, se quitó la boina que llevaba puesta, y como quien no quiere la cosa, giró hacia atrás la cabeza y aquel bulto seguía detrás d´el, -sin acercarse mucho-, pero allí estaba.
Pateó al mulo para ir más deprisa y aluego se volvió a mirar pa tras, aun estaba allí. Entonces fue cuando le entro el mieo de verdad en el cuerpo y arreó a su mulo. Por más que corría el mulo, más corría el bulto tras él. Llegó hasta las primeras casas del pueblo y el bulto que seguía moviéndose detrás del, atravesó dos calles hasta llegar a su casa, y el bulto detrás. Se bajó lo mas aprisa que sus piernas le dejaban, abrió la puerta de la casa lo mas aprisa que pudo. A los ruidos que armó, se levantó la mujer, que estaba dormida, porque era de noche cerrada y le preguntó: - ¿Que pasa aquí, marido?
El hombre entró a su mulo por la puerta de la cuadra lo rápido que pudo y al mirar a la calle vio al bulto que se dirigía hacia su casa.
- Mujer, trae el hacha, aprisa, -dijo el hombre al ver a la mujer levantada-, como la mujer esto le extrañó, pues no le hizo mucho caso, asín que el hombre, sin cerrar la puerta de la calle, se metió dentro de la casa en busca del hacha. Cuando la hubo cogido y volvió a la puerta, el bulto aquel entró en el zaguán y dio un grito.
- ¿Que era el bulto? Preguntó uno de la chiquillería- porque no irás a dicir que era algún muerto del cementerio, o algo asin, porque yo no creo en eso, dime , le dio un hachazo el hombre a aquel bulto que corría tras el?
-Deja que acabe, hombre, no, no era ningún muerto, que era una cosa viva y bien viva, y lo que dio el bulto al entrar en la casa no fue un grito, sino que fue un rebuzno, era nada mas que un burrito pequeño, un burranquino, que al ver pasar al hombre montado en el mulo cerca del cementerio, donde él estaba, creyó que era ese su madre y se fue corriendo tras él, por eso, cuanto más corría el mulo, con el arriero, más corría el burranco.
El hombre, después de darse cuenta de lo que era, estuvo a pique de darle un hachazo al burro por el susto y el cerote que le había hecho pasar desde la puerta del cementerio hasta su casa.
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white -